Corría abril, quizá mayo, del año 2000, y servidor, un
niñato de 16 años, se presentó en el cumpleaños de C.V (muy morena, muy alta, bastante guapa) con
una bermuda, hacía calor en León aquella noche, y sed. Sed de conocer, sed de
soñar y sed de borrachera adolescente.
Estaba en mi salsa, por allí andaban mis amigos de siempre (Suarín,
Pelayo, el Sucio…) y también gente desconocida con la que entablar
conversaciones banales. Yo iba y venía, hablaba con unos y con otras, cantaba,
gritaba, bebía… hacia el tonto en suma, que a los 16 años es lo que toca, y quien
diga lo contrario miente. El carro del
Continente (en León lo mismo da que se llame Carrefour hace 25 años, siempre
será Continente) lleno de bebida, iba bajando y mi, ya de natural pobre,
capacidad motriz disminuyendo a casi
igual ritmo y, entonces, pasó.
Lo recuerdo como si fuera hoy, bajaba la cuesta de hierba
que comunica el parking del “toys r us”
y el parquecín de la vereda del rio, para contarle alguna chanza a Massaro, que
andaba haciendo cualquier tontería sin importancia, cuando metí el pie en un
agujero y éste se dobló, la borrachera mitigó el dolor, pero tardé un rato en,
medio tambaleándome, ponerme en pie.
Media hora después
Pelayo, me dejaba en casa y mis padres que veían en la tele una peli de Woody
Allen (¿Desmontando a Harry?) me preguntaban extrañados que hacía en casa tan temprano.
Mal dormí lo que pude y a la mañana siguiente el médico de
urgencias me dijo que tenía una fisura en el tobillo. Una fisura viene a ser, en suma, un
esguince pero más fuerte. Nunca había sufrido ninguna y, hasta la fecha, no
había tenido otra, hasta que ella, de repente, se fue y, por desgracia, me enseñó, de
golpe, lo que es una fisura de corazón. Bueno, aunque ahora me queda otra duda… ¿Fisura o fractura?

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