
Ayer, a eso de las 22.30, en Old Trafford, cuando Proença pitó el final del partido un hombre miró a la grada y supo que, salvo sorpresa mayúscula, algo se había acabado.
Ese hombre, con el 7 a la espalda, responde al nombre de Raúl González Blanco, y acababa, ya digo, salvo sorpresas (que haberlas haylas), de perder al amor de su vida.
Atrás quedaban 16 años, 144 partidos, 71 goles, 3 títulos, otras tantas semifinales, mil y un pases, mil y un remates a puerta, mil y una historias…
“Mister Champions” abandonaba la ciudad, y no lo hacia por la puerta de atrás, lo hacia desde unas semis con un club modesto al que ha metido ahí, por derecho propio y tras eliminar, entre otros, al campeón vigente. Lo hacia tras una ovación impresionante del Meazza y una pitada de Mestalla (¿Ladran Sancho?... ¡Luego cabalgamos!) que reconocían lo que ha sido en una competición que hoy se acaba para él.
Aun le quedaban dos homenajes; el primero de un brasileño joven, con trencitas y que le había amargado su ultima noche con dos goles, que recorrió medio campo a la carrera para pedirle la camiseta, el segundo, de una grada que respeta a los mitos, propios y ajenos, y que hoy llora, como yo lloro, como llora la Orejona, que le dice: “¡Gracias Raúl!”.
A lo que él responde, también con lagrimas en los ojos: “¡Chao cariño!”
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